CUANDO EL AMOR VENCE AL TEMOR (1 Juan 4:16-21)
I.
EL
AMOR QUE VENCE EL TEMOR VIENE DE DIOS
1. Porque Dios es amor v. 16. Hay muchas clases de
amores, pero solo uno es verdadero: el amor de Dios, porque Dios es amor. Nos llama la atención que Juan ponga en un
mismo texto al temor del hombre y al amor de Dios. Pero aún más, sorprende que
sea en el mismo texto que nos habla de la más grande afirmación acerca de Dios.
¿Qué significa para un hijo de Dios que “Dios es amor?”. Bueno, comenzando por
el tema que nos asiste. El saber que Dios es amor nos trae a la esperanza que
por muy grande que sea el temor, y lo que haya originado eso en nuestras vidas,
será echado fuera. El temor es incompatible con el verdadero amor. No pueden convivir
ni tienen comunión. La afirmación que
Dios es amor es la explicación que existe para la creación. A veces nos
preguntamos cómo es que Dios creo a un mundo que desde el mismo comienzo le fue
desobediente y después se corrompió. Bueno, aunque le parezca extraño, Dios
necesitó a alguien a quien amar, pero también necesitó de alguien que le amara.
Cuando el amor de Dios es el que gobierna nuestras vidas debería ponerse en
retirada cualquier temor que aparezca.
2.
Nos da el privilegio de pertenencia v. 16b. Ahora Juan nos lleva de una idea a
otra respecto al amor. Es un hecho que cuando nos encontramos con esta clase de
amor, el temor tiene que disiparse. A la par de afirmar que Dios es amor
también se nos dice que los que hemos conocido a ese Dios de amor, permanecemos
en él, pero sobre todo que Dios permanece en nosotros. ¿Cuál es la importancia
de esa relación? Que, si pertenezco a Dios y él pertenece a mí, entonces los
temores no pueden ser parte de mi vida. Los problemas cotidianos nos hacen
permanecer en un sin fin de cosas que nos roban la paz, en lugar de permanecer
en amor. Cuando permanecemos en Dios viviremos en paz. Lamentablemente
hay cristianos que son controlados por el temor. Por supuesto que los temores
tienen muchos orígenes, pero cualquiera sea su procedencia nada de eso
pertenece a Dios. El temor llega a ser como una cárcel que usted mismo se impone.
Pero el cristiano sabe a quien pertenece.
No hay compatibilidad entre algún temor que se presente y el amor al
cual perteneces ahora. Si permanecemos en Dios el miedo huirá de nosotros.
II.
EL
AMOR QUE VENCE EL TEMOR PRODUCE CONFIANZA
1. Porque el perfecto amor crea
confianza v. 17a. En
el contexto donde Juan menciona la palaba “amor” con sus derivados 29 veces, la
palabra “perfección” viene a darle a ese amor una connotación mayor. Una cosa
es hablar de que tenemos el amor de Dios, pero otra muy distinta es perfeccionarnos
en el amor. La palabra “perfección” es la que se utiliza para hablar de
calidad, de durabilidad, de algo que no tiene defectos. Por lo tanto, cuando el amor fue derramado por Dios en nuestros corazones,
comenzó en todos nosotros un perfecto amor. Hay amores imperfectos, pero Dios
es perfecto. Así que el amor que está en nuestros corazones no es imperfecto,
no tiene mancha ni arrugas. Esa clase de amor crea en nosotros confianza, y es
la confianza la que llena nuestras vidas para que salga de ella todo tipo de
temor. Es por eso por lo que afirmamos que el temor se define como la ausencia
de ese perfecto amor. La verdad de este texto será que, si el perfecto amor está
dentro de nosotros, entonces la confianza en Dios debiera ser la nota
distintiva en la vida. Cuando un creyente ha aprendido a tener confianza en su
Dios, la paz llega a ser su compañera.
2. Porque el perfecto amor ayuda a
vencer los temores v. 17b. Hemos dicho que el temor
es lo contrario al amor. No puede haber temor en un verdadero amor. Piense en
este cuadro. Si usted teme que va a perder la salvación, entonces no ha sido
perfeccionado en el amor. Si anda temiendo que su nombre va a hacer borrado del
libro de la vida, no ha sido perfeccionado en el amor. Si teme que el diablo lo
va a acosar y hacer caer, no ha sido perfeccionado en el amor. Si teme que
algún hermano no lo va a saludar hoy, pensando que tiene algo contra usted, no
ha sido perfeccionado en el amor. Lo cierto es que estamos rodeados de una
variedad de temores que ponen el corazón en aprieto y son los causantes de
mucho estrés en nuestra vida espiritual. Este mismo versículo nos habla de un
temor que genera ansiedad y es lo que tiene que ver con la venida de Cristo y
su juicio. Pero frente a este temor que genera la venida de Cristo con relación
al juicio, el apóstol nos aconseja a fijarnos en el mismo Cristo y lo que hizo
por nosotros para que tengamos confianza.
III.
EL
AMOR QUE VENCE EL TEMOR LIBRA DEL CASTIGO
1. El temor lleva en si castigo v.
18b. En
el mismo versículo 18 nos encontramos con una declaración que nos hace recordar
uno de los serios problemas que tiene el temor en nuestras vidas. Juan nos dice
que “el temor lleva en si castigo¨. Es el pensamiento que anticipa que algo va
a salir mal. De allí que el temor se convierte en una sensación que presagia
siempre un fracaso. Muchas personas no avanzan ni toman riesgo porque
simplemente creen que van a fracasar. Por eso se habla que el temor llega a ser
una característica indeleble de aquellos que esperan recibir castigo. Cuando el
niño hace algo malo se despierta en él el temor porque sabe que será castigado
por eso. Cuando pecamos contra Dios nos llenamos de temor porque sabemos del
castigo que genera la falta. En no pocas ocasiones muchos creyentes vivan
controlados por el temor. Y esto lo vemos así, porque, aunque han conocido el
amor de Dios, todavía luchan con esta sensación que no les hace del todo
felices. Y ese temor que nos esclaviza tiene que ver con la forma como también
concebimos a Dios. ¿Le teme usted a Dios porque lo ama o le teme porque lo
castigara? Cristo llevo nuestro temor y nos puso libre de esta condición
(Isaías 53:6).
2. Tengamos confianza en el día del
juicio v. 17b.
Hay juicios temporales producto de nuestras propias faltas que nos causan causa
temor, pero esto jamás no podrá ser comparado con el juicio venidero. La verdad es que no se si tomamos el día del
juicio tan seriamente como lo hace Juan. ¿Será que hemos abandonado la creencia
cierta del juicio de Dios y en el tormento del infierno? ¿Sabía usted que
Cristo habló más del infierno que del cielo? Un concepto adecuado de nuestro Señor que nos infunda
gran confianza por haberle conocido para salvación y vida eterna debe llevarnos
a una profunda confianza en él, tanto, que no seamos invadidos de temor del
juicio que viene por no estar seguros en quien hemos creído. No debiéramos dejar que el temor sea como la
espada de Damocles que está allí guindando para caer sobre nosotros al primer
movimiento. Ya el castigo sobre nuestros pecados Dios lo puso sobre su amado
Hijo, y ahora vivimos en la libertad con que Cristo nos hizo libres. No hagamos
del miedo un compañero inseparable, sino hagamos de la presencia de Dios la que
nos da el poder y dominio propio para vivir.
IV.
EL
AMOR QUE VENCE EL TEMOR SE REFLEJA EN OTROS
1. Amando a Dios… amando al hermano
v. 20. Una
de las grandes seguridades que nos da la palabra respecto al amor de Dios en
nosotros lo manifestó Pablo cuando tocó el tema del Espíritu Santo. En Romanos
5:5 nos ha dicho que el amor del Padre ha sido derramado en nuestros corazones
y esto tiene el propósito que reflejemos ese amor a Él, primeramente, pero
también a nuestros hermanos. Cuanto esto hacemos despojamos de nuestros
corazones todo tipo de temor y no habrá cabida para esa sensación que trae
implícito el castigo por la culpa misma que esto genera. El creyente que ama Dios tiene que amar al resto de sus demás hermanos. Me
temo que la exhortación que Juan nos hace acá pudiera ser ignorada algunas
veces por nosotros. Quizá usted sea uno de los que afirma que no es mentiroso.
Que no hay tal cosa como engaño en su boca. Bueno, Juan nos introduce en una
nueva manera de mentir, porque sino no amo a mi hermano, soy un mentiroso. De
Jesús se dice que amó a los suyos, hasta el final. En la iglesia a los
corintios había un grupo grande de mentirosos porque estaban divididos. Si
amamos a Dios, amenos a nuestros hermanos.
2. El amor a mi
hermano es un mandamiento v. 21. Estamos hablando que el amor verdadero echa fuera
el temor. Juan nos ha presentado este tema de una forma magistral. Su
conclusión hasta acá es que en el corazón de un creyente no debe haber lugar
para esta fea y terrible sensación emocional. Sin embargo, cuando nos referimos
a Dios y a su amor, todo esto es invisible, no lo vemos o lo tocamos. Por lo
tanto, necesitamos ver de una manera práctica ese amor de Dios, de allí la
importancia de este mandamiento. Hermanos, amar a nuestros hermanos no es una
elección, es un mandamiento. La Biblia no pregunta si mi hermano es de alguna
nación, color o idioma para amarlo. Es posible que haya hermanos en la
congregación que me cueste amarlos. Probablemente en el pasado un hermano dijo
o hizo algo que me hirió tanto y todavía vivo con esa amargura en el corazón. A
lo mejor he sentido que los hermanos de otro país que no los puedo pasar y
hasta siento rencor por ellos, pero la Biblia no me da elección acerca de quien
debo amar o no. No vivamos en temor. Amemos a nuestros hermanos y pongamos en
fuga esta sensación.
CONCLUSION: Un día
Jesús necesitaba pasar un rato a solas debido a su incesante trabajo. Así que
se apartó a algún lugar a orar mientras sus discípulos hacían una travesía en
el mar, viéndose de repente envueltos en medio de una fuerte tempestad, lo que
trajo un temor colectivo. Estando en esa condición, y mientras luchaban para
traer el barco a la calma, Jesús vino a ellos caminando sobre el mar lo que
duplicó su temor en lugar de traer confianza. Así que ahora tenemos toda una
escena de miedo en una gran tempestad.
Pero hay algo en esta historia que la hace aun mas interesante. Observe
cómo el arriesgado Pedro en lugar de pedirle a Jesús que calmara los vientos, le
pide a Jesús para ir hasta donde el estaba. Y Jesús, quien tiene control de todas
las circunstancias, le dice que camine hacia él. Y vea lo que pasó: Pedro
comenzó a caminar sobre el mar. Así que aquí tenemos al Señor que domina su
universo, parado sobre el mar sin hundirse, y a un mortal también sobre las
aguas. Pero cuando Pedro apartó su mirada de Jesús comenzó a ver al mar
embravecido y esto trajo un gran temor. Mis amados, los temores tienen varios
orígenes. Usted sabe en este momento
cuál es su más grande temor. Juan nos ha dicho que el “perfecto amor echa fuera
el temor”. El salmista nos recuerda: “En el día que temo,
yo en ti confío”. (Sal. 56:3). ¿Cuál es su temor? Repita 1 Juan 4:18.
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